martes, 28 de julio de 2009

No se trata de tener la razón

Pasaje de Diario íntimo de Jack el Destripador, de Koldo Campos Sagaseta


Tras una semana en Estados Unidos he regresado a Santo Domingo. Definitivamente, si alguna duda tenía sobre la posibilidad de establecer mi residencia en ese país, ya ha quedado resuelta. Y es que visitar los Estados Unidos se ha convertido en una siniestra lotería en la que el azar puede transformar tus vacaciones en la peor de las pesadillas.
No lo digo únicamente por las probabilidades que tiene, quien se aventure a visitar ese país, de ser baleado por un escolar arrebatado o por un desquiciado pistolero, o el peligro de que se venga abajo el puente sobre el que pasa o se le inunde la ciudad en la que duerme o se lo lleve un repentino tornado o lo calcine un voraz incendio o muera atragantado con una galleta Prezzler.

Antes de exponerse uno a cualquiera de los riesgos citados hay que pasar por aduanas, y ese es uno de los principales peligros que se corre cuando llegas a los Estados Unidos y pones en manos de los funcionarios de Migración tu identificación y pertenencias.

Ya no es suficiente, al parecer, con quitarse los zapatos, el cinturón, la prótesis incluso, enmudecer todas las alarmas que amenazan pitar, vaciarse los bolsillos, desnudarse, consentir que te inspeccionen tus intimidades, que te sometan a la prueba de la parafina, que te efectúen un examen grafológico, entregar los documentos exigidos, presentar el boleto, las acreditaciones personales, el visado oportuno… Ahora también revisan información personal de los ordenadores portátiles, exigiendo la contraseña a quienes les infundan sospechas y, ni que decir tiene que los requisitos necesarios para convertirse en sospechoso pertenecen al secreto del sumario.

Tantas medidas de seguridad como adoptan, vulnerando derechos ciudadanos que, precisamente, son los que se enarbolan como pretexto para tanto ultraje, debieran al menos, haber rendido frutos, haber servido para detectar esos terribles terroristas que dicen amenazan su seguridad y su progreso. Hasta la fecha, sin embargo, al margen de los miles de casos de simples ciudadanas y ciudadanos de todo el mundo, personas irreprochables, simples turistas, gente común, como yo mismo, que ha sido vejada, detenida, golpeada también, y expulsada de los Estados Unidos, o la detención por la alarma terrorista que en un aeropuerto estadounidense provocara un pasajero llamado Edward Kennedy, por cierto, senador de la República, no se conoce de mayores logros en el haber de tanta escrupulosa vigilancia. A pesar del afán y la constancia con que copian, registran, graban y revisan, cualquier apellido sospechoso, cualquier origen o destino que les infunda dudas, incluyendo el pasaporte del actual presidente Barack Obama, registro que costó el empleo a tres simples funcionarios acusados de “curiosidad imprudente” e “inadecuadas maneras”, no se conoce de ninguna conjura internacional que haya sido detectada por tan hábiles funcionarios, no se sabe de ningún bárbaro terrorista que haya sido arrestado en sus fronteras.

Curiosamente, terroristas como Posada Carriles han estado entrando y saliendo de los Estados Unidos sin problema alguno. Y Carriles lo ha venido haciendo desde el siglo pasado, en avión y en barco, por Miami y por Nueva York, solo y acompañado. Ni siquiera el famoso formulario verde, ese que te pregunta si eres comunista, narcotraficante, terrorista o te dispones a matar a su presidente, lo pudo detectar.

En mi caso, era la primera visita que hacía a los Estados Unidos y no estaba dispuesto a dejarme vencer por el desánimo. A pesar de los contratiempos, de los malos ratos padecidos en el aeropuerto, de la desconsideración de que había sido objeto, me impuse la necesidad de aguantar cualquier ultraje y así lo hice. Necesitaba aprovechar mis vacaciones en Estados Unidos para relanzar mi carrera profesional, para volver, otra vez, al pináculo de la fama. Confiaba para ello en el poder y alcance de los medios de comunicación de los Estados Unidos que, a no dudar, darían la oportuna cobertura a mis brillantes ejecuciones en el país.

Sin embargo, luego de un primer día en el que destripé en apenas tres horas a un impresentable ejecutivo bancario y a un alto funcionario de un bufete de abogados, cuando me dispongo al día siguiente a leer en la prensa los pormenores de mi sacrificada labor, me encuentro con que un niño de seis años me ha robado los titulares y la portada tras protagonizar una matanza de escolares en su guardería.

Frustrado por el silencio al que se había remitido mi trabajo, vuelvo a la carga y, en una sola tarde, me llevo por delante en plena vía pública a seis integrantes de los Angeles del Infierno en la seguridad de que, ahora sí, iban los medios de comunicación a reseñar a ocho columnas mi múltiple crimen, pero se cruza en mi camino un bombardeo humanitario del ejército estadounidense en no recuerdo qué rincón del mundo y, de nuevo, mi arduo trabajo es relegado al ostracismo.

Desolado tras mi fracaso y luego de dos días de descanso, decido acometer un último ejercicio. En un frenético fin de semana destripo a la plana mayor del Ku-Kux-Klan. Al día siguiente, cuando sintonizo los informativos buscando complacer mi narcisismo con el relato de mi extraordinaria exhibición, consternado descubro que todos los medios se están refiriendo a la muerte de una mosca a manos del presidente del país y delante de las cámaras de la televisión. Una y otra vez repiten el mosquicidio, incluso, a cámara lenta, para mejor recrear el momento en que Obama palmea al insecto y que nadie se pierda el menor detalle del desplome de la mosca y su lenta agonía en el suelo, a los pies del presidente.

Esa misma noche abandoné los Estados Unidos.

De ahí que, y sólo es un consejo, a no ser que, inevitablemente, tenga usted que viajar a los Estados Unidos, acaso porque tiene un hijo estudiando en alguna de esas prestigiosas universidades que han hecho a Aznar rector honorífico y licenciado cum laude a George Bush, y quiera cerciorarse de que su hijo ha resultado ileso, no al francotirador del pupitre de al lado sino al propio sistema educativo, le recomiendo, encarecidamente, no viajar a los Estados Unidos. Al fin y al cabo, bien puede disfrutar ese país por televisión, que no importa donde viva, siempre va a haber un canal, un periódico, una emisora, que le mantenga al tanto de las primarias, de las convenciones demócratas y republicanas, de la vida sexual del gobernador, de las becarias que recibe el presidente, del último triunfo de los Lakers, de la primera victoria de los Medias Rojas, de los premios de anoche, de la próxima gala, del nuevo concierto, del estreno de hoy.

Gracias a la pantalla mágica y a “Nacional Geografic”, no tiene que viajar a Estados Unidos para conocer el cañón del Colorado o las cataratas del Niágara. Tampoco tiene que ir a Las Vegas para entrar en un casino, a Nueva Orleáns o lo que quede de ella para escuchar buen jazz, o a Miami si es un apasionado de la Helmintología. Haga lo que la mayoría de los ciudadanos estadounidenses, deje que sea la televisión la que le muestre su país. Mejor quédese en su casa o visite cualquier otra patria donde llamar a la puerta no sea un delito y no opaque su identidad o trayectoria la muerte de una mosca.

sábado, 25 de julio de 2009

El último de Ypres


Qué mundo éste. Acabo de ver en la BBC una noticia de esas que estremecen. La del fallecimiento del último soldado que luchó en las terribles trincheras de la Primera Guerra Mundial. Harry Patch, último testigo de la batalla de Passchendaele en Ypres en 1917 dejó este mundo a la respetable edad de 111 años.

Ciento once años.

Qué fácil es decirlo. Me pregunto que pasaría por la cabeza de este hombre humilde en todo este tiempo. No debe ser nada sencillo pasarse más de 90 años recordando aquellos terribles acontecimientos.

Cómo no, la reina Isabel, el príncipe Carlos y los principales políticos británicos hicieron sus declaraciones públicas en homenaje y agradecimiento, un gesto muy débil si lo comparamos con la montaña de tiempo (para un ser humano) que pasó desde aquéllo. En 1917, a la propia reina le faltaban casi 10 años para nacer, un tal Francisco Franco era ascendido a comandante con 25 años (hoy en día, muchos oficiales no han terminado su período de formación a esa edad), los bolcheviques toman el poder en Rusia, se crea la UFA en Berlín y J.R.R. Tolkien comienza los primeros relatos de la obra que terminó llamándose El Silmarillion.

Por dar algún dato más, decir que aún queda algún superviviente por ahí. Dos tienen 108 años y otro 109.

jueves, 9 de julio de 2009

25 años de Neuromante



El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto.

Fue la muerte de su padre, atragantado con comida a finales de los 50, lo que hizo que se sumergiese en libros, confiriéndole ese aspecto de pasarse la vida en una biblioteca.

Buscó la verdadera ficción científica en Burroughs, William y no Edgar R., además de Kerouac y compañeros. Quizás de estos señores proviene la parte "árida" de su estilo narrativo.

Fue la muerte de su madre lo que le hizo abandonar el instituto, en la época del Verano del Amor. Comenzó a vagar confuso hasta llegar a esa parte del Ensanche que se llama Canadá. Las canadienses deben ser fáciles, porque hasta él consiguió arrejuntarse con una. Tan afortunado era en la vida que consiguió diplomarse mientras el resto del mundo se hundía en "la" crisis del petróleo. Al poco hasta le nace por ahí un hijo, y todo un mundo se va conformando en su mente...

Fragmentos de una rosa holográfica, lo más antiguo que le conozco. Vuestro denostado Johnny Mnemonic, en 1981:"Metí la escopeta en la bolsa Adidas...", y otros relatos que aparecerán en Burning Chrome-1986-.

Julio de 1984.

El mundo, cierto mundo, parece contener la respiración cuando las imprentas dan a luz Neuromante, la novela que (parece que) lo cambió todo. Podemos discutir esta cuestión todo lo que queráis.

Argumentada como una película de Hollywood. Escrita como ninguna película podría mostrar, de ahí los problemas de producción que está presentando la que (parece que) será su versión definitiva en el cine. Ahora le han metido otros dos años de retraso. No está mal.

Case, vaquero de la Matriz condenado por algún antiguo contratador a no poder conectarse drogas-de-por-medio. Molly Millions, antigua prostituta de lujo reconvertida a chica-samurai callejera. Armitage, el misterioso nuevo contratista, que "convence" a Case para que vuelva al trabajo gracias a un caro y misterioso antídoto.

Para que vuelva a un trabajo que le permitirá ganar lo suficiente para retirarse, a sus 25 añitos.

En plan conspiranoso, se meten por el medio recuerdos de Johnny Mnemonic (Molly habla de él sin mencionarlo), los Yakuza, el Finlandés -otro personaje recurrente de Gibson, que volveremos a encontrar en Conde Cero-, una empresa de transportistas espaciales rastafaris...

La parte final, que es lo que más me queda según va pasando el tiempo, tiene lugar en una colonia espacial, Freeside, con forma de huso. En una de las puntas se sitúa la Villa Straylight, el objetivo físico a asaltar. Case comienza el ataque y casi inmediatamente se queda en coma, Molly entra en la Villa y Armitage se vuelve loco y termina suicidándose, mejor dicho, "suicidado" por el primer personaje misterioso del libro: Wintermute, una entidad extraña, eso que se llama Inteligencia Artificial, y que trae por la calle de la amargura a nuestros (ya) queridos protagonistas. Por cierto, por el medio se cuela una cabeza enjoyada. Creo que el autor no lo dice explícitamente, pero en ella se contiene una de esas IA.

El clímax de la obra llega cuando en su estado de "puertas de la muerte", nuestro yonki de los electrones se encuentra con el segundo personaje misterioso, con apariencia de niño de favela con ojos blancos. Éste si es Neuromante, más poderoso que Wintermute. Con un extraño ritual colorístico, Case une a Neuromante y Wintermute. El resultado no queda muy claro en el texto, pero es fácil interpretarlo como transcendencia, el paso a algo superior. Las dos IA ya no existen en el ciberespacio, son el ciberespacio.




El mundo del Ensanche es de todo menos blanco y negro, aunque el gris sea dominante. Un mundo posnuclear, seres humanos luchando sin esperanza, cada uno llevando su peña cuesta arriba como puede antes de ser destruído. Aún entre eso surgen personajes que dan un poco de oxígeno, como el Finlandés, una especie de deus ex machina que pone las cosas en su sitio, un auténtico factótum que informa a todos de cosas imposibles. Es el que todo lo sabe sin afirmar nada, como hacen los verdaderos sabios. Aparece cuando menos se le espera y da un giro a la historia, un recurso típico, pero que a Gibson le funciona bien. También es el único, junto a (sospecho que) la nueva IA, que aparece en las tres novelas.

Las consecuencias de Neuromante sobre la cultura moderna, por llamarla de alguna manera, son visibles en lo cotidiano. Gente que se pasa una buena parte de la vida enchufados a la Red, la "subcultura hacker", la velocidad a la que las multinacionales funcionan ahora y lo que son capaces de hacer, la evolución y uso de las drogas de diseño, y, sobre todo, esa sensación que todos tenemos ahora de que el mundo vive y cambia a un ritmo diferente a cada instante, el escalofrío en el espinazo que nos advierte de que estamos cambiando. Y no para bien.

¿Considerarán algunos a William Gibson algo así como el Nostradamus moderno?




Todo empezó con el matrimonio de Marie-France Tessier y el señor Ashpool.

martes, 7 de julio de 2009