jueves, 23 de febrero de 2012

Kamikaze, literalmente

Edward Chancellor, Sálvese quien pueda, 2000. pp 335-385

El capitalismo japonés es, en muchos sentidos, la antítesis del capitalismo occidental. Hasta mediados del siglo XIX, el Japón tenía una economía feudal, cerrada al mundo externo,sin tradición de derechos legales para el individuo. Cuando las autoridades japonesas de la era Meiji decidieron modernizar el país, después de la llegada de los buques de guerra del comodoro Perry, imitaron selecivamente a Occidente en la construcción de un nuevo sistema económico. La jerarquía del sistema feudal, sin embargo, permaneció en su sitio. Simplemente se transfirió de su base agropecuaria a una base empresarial industrial. El campesino que antes se inclinaba ante el señor feudal servía ahora a un amo empresarial. [...] La primacía de la empresa en el sistema japonés era reconocida por las autoridades, que alentaban la creación de cárteles industriales y grandes grupos industriales conocidos como zaibatsu. Cuando los zaibatsu fueron parcialmente desmembrados por las fuerzas de ocupación de los Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial, fueron reemplazados por grupos menos formales, conocidos como keiretsu, donde la mera posesión fue reemplazada por un intrincado sistema de tenencia de acciones.

En el capitalismo japonés, el papel de las autoridades era tradicionalmente amplio, aunque indefinido. Los funcionarios del MITI (Ministerio de Comercio Internacional e Industria) y del Ministerio de Finanzas controlaban las industrias por un proceso informal conocido como guía administrativa, un sistema de persuasión e intimidación basado en el poder de los burócratas para otorgar licencias, exenciones impositivas, contratos del gobierno y demás. En la posguerra, el MITI decidía qué industrias debía respaldar y qué compañías disfrutarían de una posición privilegiada dentro de un cártel industrial y serían protegidas de la competencia extranjera. El Ministerio de Finanzas protegía el sector financiero y garantizaba que el dinero de los tesoneros ahorristas del Japón se tradujera en préstamos baratos para empresas hambrientas de efectivo y muy endeudadas. Como las tasas de interés se mantenían artificialmente bajas mediante estas medidas y las compañías en general pagaban dividendos pequeños, las ganancias de los inversores japoneses eran magras. En realidad, el término "capitalismo japonés" es desorientador, porque el capital no determinaba la naturaleza del sistema. Las importaciones estaban restringidas por diveras medidas, y era común que los bienes manufacturados japoneses se vendieran a un precio más alto en Tokyo que en New York.

Loa japoneses se enorgullecían de afirmar que su sistema era menos egoísta y más estable que el occidental. Alardeaban de enfatizar el largo plazo, mientras que Occidente sólo buscaba ganancias a corto plazo.[...] En este sistema, el papel del mercado estaba muy restrigido. Se deploraba la búsqueda individualista del interés personal y se recelaba del comercio.[...] La especulación es la antítesis de un sistema económico dirigido por el Estado, como el que existía en Japón. Es congénitamente cortoplacista y busca maximizar las ganancias, mientras que el sistema japonés era manifiestamente largoplacista y tenía en cuenta otros objetivos económicos, tales como el desarrollo de industrias favorecidas, más importantes que el mero lucro. La especulación también implica la transferencia de riesgos, pero después de un crack del mercado de valores y varios colapsos bancarios en los años 20 y 30, se declaró que las autoridades japonesas no volverían a tolerar esos fracasos. En consecuencia, el riesgo se socializó en Japón en mayor medida que en Occidente. No obstante, la especulación llegó al Japón en los 80. Se arraigó dentro del sistema tanto que, cuando se marchó, al cabo de sólo cinco años, el sistema estaba en ruinas. Los funcionarios trataron de restaurar el viejo orden a partir de los escombros, pero sus esfuerzos fueron vanos. Éste era el legado de la economía burbuja.

La euforia especulativa suele ser un síntoma de soberbia.[...] Cuando la Mitsui Corporation adquirió el Exxon Building de Manhattan por 610 millones de dólares en 1986, se comentó que el presidente japonés de Mitsui había pagado 260 millones por encima del precio que pedía Exxon sólo para ver su nombre en el Libro Guinness de los Récords. Dada la extravagancia de muchas adquisiciones japonesas, esta anécdota resulta creíble. Al avanzar la década, los japoneses se adueñaron de otros iconos del capitalismo norteamericano, como el Rockefeller Center o Columbia Pictures. Este diluvio de capital japonés revivió la feroz xenofobia que los norteamericanos habían demostrado en otros tiempos hacia sus adversarios de la guerra.[...] Michael Crichton declaró al New York Times que había escrito la novela Sol naciente para que "los Estados Unidos despertaran".[...] Un nuevo aplomo era evidente en la actitud de los políticos japoneses. En el otoño de 1986, Yasuhiro Nakasone, primer ministro electo, atribuyó el éxito de la economía japonesa y el declive de los Estados Unidos a la homogeneidad racial de su país en comparación con la fuerza laboral norteamericana, racialmente mixta.[...] Habiendo perdido la guerra y desechado el sueño de un imperio en el Pacífico, el Japón había ganado la paz y surgido como superpotencia económica. Dadas las circunstancias, quizás la soberbia era inevitable.

En 1980, Japón liberó sus controles de cambio. Aún así, el ritmo de las reformas era muy lento para muchos críticos norteamericanos, que sostenían que las contínuas restricciones en el sistema financiero japonés formaban parte de una política deliberada para mantener al yen por debajo de su nivel natural, abaratando así las exportaciones japonesas.[...]En la primavera de 1984, las autoridades japonesas convinieron en permitir que los bancos extranjeros tuviesen bonos del gobierno japonés y entraran en en el negocio de los trusts bancarios. Al mismo tiempo se eliminaron los controles sobre las tasas de cambio. Por primera vez, los bancos japoneses podrían fijar sus propias tasas de interés sobre los grandes depósitos. Como resultado de estas reformas, los mercados de capital de Japon se llenaron con los detritos de la revolución financiera, títulos de diversa procedencia que incluían los bonos en euroyen y otros de nombre pintoresco como los bonos samurai, los bonos sushi y los swaps hara-kiri. Loa derivados financieros también llegaron a Tokyo con la inauguración del mercado de futuros para bonos japoneses e índices bursátiles. El ministro de Finanzas permitió que las compañías manejasen cuentas especiales para sus acciones. Estas cuentas, llamadas tokkin, permitían que las compañías negociasen títulos sin pagar el impuesto a las ganancias de capital. Otras cuentas semilegales, las eipyo tokkin, garantizaban un rendimiento mínimo superior a la presente tasa de interés. El juego estaba preparado para garantizar que salieran ganadoras. En 1985 se invirtieron 9 billones de yenes en fondos tokkin. Cuatro años después la cifra era de 4o billones (300 000 millones de dólares).

En la segunda mitad de los 80, las ganancias de la especulación empresarial (zaitech) se elevaron junto con el mercado de valores japonés. Esto creó una peligrosa circularidad en el sistema financiero: el zaitech manufacturaba ganancias, haciendo subir el precio de las acciones, lo cual aumentaba más las ganancias zaitech. A finales de la década, la mayor parte de las empresas industriales de la Bolsa de Tokyo se dedicaban al zaitech. Más de la mitad de las ganancias declaradas de los actores más importantes -Toyota, Nissan, Matsushita, Sharp...- derivaban de la especulación.[...] A pocos les importaba que durante el mismo período las ganancias normales disminuyeran.[...]No todo el capital recaudado por las empresas japonesas se volcó hacia la especulación. En la segunda mitad de los 80, la inversión de capital en Japón llegaba a los 3 500 billones de dólares (no es una errata), representando dos tercios del crecimiento económico del país. Este estallido de inversiones permitió a la economía japonesa atravesar un período dificultoso con un yen fuerte que causaba menores tasas de crecimiento y menor rendimiento de capital. Ese gasto de "capital burbuja" creó la ilusión de que el milagro japonés continuaba mucho después de haber disminuido su vigor, y causó la asignación de recursos a inversiones improductivas.

EL PATRÓN TIERRA

La economía burbuja fue, ante todo, un boom de propiedad. La tierra es muy especial para los japoneses, y aún era un símbolo de prestigio en una sociedad que no hacía mucho se había liberado de la servidumbre feudal.[...] Los impuestos punitivos sobre las ganancias de capital, pensados para el largoplacismo gravaban la ganancia cortoplacista de la propiedad un 150%. El mercado de tierras, lastrado así con la falta de liquidez, estimulaba en realidad la especulación. Entre 1956 y 1986 el precio de la tierra aumentó un 5 000% (de nuevo no es una errata) mientras que los precios al consumidor sólo se duplicaron. Actuando don la creencia de que el precio de la propiedad nunca bajaría, los bancos otorgaban préstamos con la garantía de la propiedad y no en efectivo. El valor ascendente de la tierra se convirtió en motor para la creación de crédito en toda la economía. A ésto se le llamó Tochi honi sei, "patrón tierra".

En Agosto de 1986, el índice Nikkei llegó a 18 000, un aumento del 40% desde principios de año. Este abrupto ascenso estimuló el interés del público por las cuestiones económicas.[...] En el marco de un mercado en ascenso, el Gobierno realizó el esperado lanzamiento de NTT (Nippon Telephone & Telegraph), la compañía telefónica nacional. En octubre de 1986, las 200 000 acciones iniciales de la compañía se ofrecieron al público japonés (en ese momento, las reglamentaciones prohibían a los extranjeros su adquisición). Al cabo de dos meses, casi diez millones de personas habían solicitado acciones, aunque el Gobierno no había anunciado el precio de emisión. La demanda era tan fuerte que hubo que distribuir las acciones con una lotería especial. El 2 de Febrero de 1987 las acciones de NTT flotaban libremente en la Bolsa de Tokyo a un precio de 1 200 000 yenes cada una (que no, que no es una errata). En los dos primeros días el precio se elevó un 25%. A finales de Febrero, los Ministros de Economía del G-7 reunidos en el Louvre, convinieron en detener el deslizamiento del dólar respecto al yen. La tasa de interés japonesa se redujo al 2% hasta Mayo de 1989 (la más baja de la posguerra). El efecto fue electrizante: a las pocas semanas, las acciones de NTT estaban a 3 200 000 yenes, un valor que superaba 200 veces las utilidades anuales. La capitalización de mercado de la compañía era ahora de 50 000 billones de yenes (376 000 millones de dólares), más que el valor sumado de los mercados de valores de la RFA y Hong Kong.

LA POLÍTICA DEL DINERO

Los políticos japoneses no se guiaban sólo por el deber público en su afán por respaldar el mercado de valores. Se calculaba que el gasto anual por el mantemimiento de un escaño en la Dieta japonesa era de unos 400 millones de yenes (3 millones de dólares). Así, el dinero en efectivo era la fuente primaria de poder en la política japonesa: unía facciones, compraba puestos ministeriales, procuraba favores y adquiría votos.[...]Durante los años de la burbuja, las acciones se convirtieron en una divisa suplementaria para la conducción de la política monetaria del país. Ésto añadía un nuevo respaldo a la creencia de que los políticos nunca permitirían la caída del mercado.[...]Al principio, el mercado de valores en ascenso había reflejado la nueva sensación de poderío económico de Japón. Los políticos se apropiaron de esta confianza del país en sí mismo con fines nacionalistas. Después los burócratas estimularon la especulación pública para ayudar a las compañías japonesas a recaudar capital barato durante un difícil período de transición. El próspero mercado de valores permitió al Gobierno resolver sus problemas fiscales vendiendo acciones de una compañía telefónica sobrevalorada a inversores ingenuos apresados en la euforia de la burbuja. En el trasfondo acechaba la corrupción sistémica de la política del dinero en Japón, que utilizaba la especulación para atender sus insondables exigencias financieras. La especulación se desbocó porque ningún poderoso tenía interés en controlarla.

VALORES EN EL MERCADO JAPONÉS

A finales de los 80, el precio de las acciones japonesas aumentó el triple que el valor de las ganancias empresariales. La Bolsa de Tokyo presentaba algunas de las acciones más sobrevaloradas de la Historia: el sector textil vendía a un promedio de 103 veces las ganancias, las compañías de servicios 112 veces, las de transporte marítimo 176 veces, y las de explotación pesquera y forestal nada menos que 319 veces las ganancias. Japan Air Lines, en proceso de privatización, se vendía a 400 veces sus ganancias anuales. Los inversores occidentales, conscientes de que el valor no se justificaba, redujeron sus inversiones japonesas a partir de mediados de los 80. Los japoneses, con su tendencia a aceptar de la realidad propagada por las autoridades, no tenían problema en justificar los elevados valores de su mercado. La abolición de las cuentas de ahorro postal, en Abril de 1988, liberó más de 300 000 millones de yenes (2 250 millones de dólares) para nuevas inversiones, contribuyendo al flujo masivo de ahorros al mercado de valores y fue la explicación más citada del valor estratosférico adquirido.

Aparte de todas las racionalizaciones, estaba la extraordinaria realidad del boom de los bienes raíces. Los préstamos bancarios totales ascendieron a 96 000 billones de yenes (724 000 millones de dólares) entre 1985 y Marzo de 1990. Más de la mitad de esta suma era fue a pequeñas empresas que realizaron grandes inversiones en propiedades. Las compañías de crédito para el consumidor, sometidas a pocas regulaciones, aumentaron los préstamos para propiedades de 22 000 billones de yenes en 1985 a 80 000 billones(600 000 millones de dólares) a finales de 1989. En ocasiones se otorgaban préstamos por hasta el doble del valor de la propiedad. Al subir el precio de las propiedades, las ganancias vitalicias medias de un oficinista eran insuficientes para comprar un pequeño apartamento en el centro de Tokyo. Los compradores de viviendas tuvieron que tomar hipotecas multigeneracionales a 100 años.

En 1990, el mercado japonés de propiedades estaba valorado en más de 2 000 trillones de yenes, es decir, cuatro veces el valor en bienes raíces de todos los Estados Unidos. El valor del terreno del Palacio Imperial en Tokyo se estimaba en más que toda California(o Canadá, si se prefiere). Cuando NTT inauguró un rascacielos de alta tecnología en el centro de Tokyo, con oficinas de más de 3 000 dólares el metro cuadrado ocupadas por bancos extranjeros, se le conoció afectuosamente como la "Torre de la Burbuja". Con las propiedades del distrito de Ginza a 50 millones de yenes el metro cuadrado, se fraguaron planes para la construcción de una ciudad subterránea, con una profundidad de 100 m.[...]Incluso la propia NTT era más valorada por sus tierras que como compañía de telecomunicaciones. Impulsada por el valor de sus propiedades, el valor de mercado de Tokyo Electric aumentó en 1986 por una suma superior a todas las acciones que figuraban en la Bolsa de Hong Kong. La relación precio-utilidades de Nippon Airways era de casi 1 200. Más de las 3/4 de los terrenos poseídos por las compañías se mantenían para valorización de capital, con lo que las actividades normales llegaron a considerarse irrelevantes o, en el peor de los casos, un lastre para los valores del mercado.

UNA NUEVA EDAD DE ORO

La economía burbuja promovió un incremento masivo del consumo mientras el pueblo japonés abandonaba la frugalidad de posguerra. Se recortaron los impuestos a la renta, aumentando el poder adquisitivo personal. Con tasas de interés favorables, la gente aceptaba nuevos préstamos usando su hogar como garantía. La circulación de tarjetas de crédito casi se triplicó, y la deuda del consumo per cápita se elevó a niveles norteamericanos. Estos nuevos consumidores, los shinjinrui, "nueva gente", se distinguían claramente de sus laboriosos, frugales y sufridos antepasados. Evitaban los alimentos tradicionales con el "boom del gourmet" que llegó a Tokyo: nuevos restaurantes "franceses" servían foagura(foie-gras) y homard à l'armoricaine (en realidad, camarones fritos, no langosta). Como las mujeres de los 1920s, las shinjinrui exhibían cierto gusto por las faldas más cortas y mayor atrevimiento en su vestimenta, como parte del nuevo culto bodi-con (conciencia del cuerpo). Bebían cócteles Moscow Mule, despreciaban a los asalariados por ser dasai (carentes de estilo), pasaban la velada en clubes nocturnos y consumían drogas, sobre todo cocaína y éxtasis. Un corredor inglés comentaba en Tokyo que los japoneses no comprenderían que sus acciones estaban sobrevaloradas mientras siguieran pagando 300 dólares por un vaso de agua perfumada con whisky en los clubes nocturnos de Ginza.

EL FINAL DE LA BURBUJA

Al finalizar 1989, el índice Nikkei se aproximaba a la marca de 40 000, un 27% más que al comenzar el año, y un 500% sobre la década. La relación precio-utilidades del mercado era 80 veces la ganancia histórica, habiendo alcanzado un pido de 90 en 1987. Las acciones rendían un magro 0.38% en dividendos, y se vendían por seis veces su valor de los libros. Durante 1989 se negociaron acciones por un valor de 386 400 billones de yenes (2 900 billones de dólares), con un volumen diario medio de mil millones de acciones. Los préstamos a la vista pendientes se aproximaban a 9 000 billones de yenes (67 000 millones de dólares), un aumento de 8 veces desde 1980. Acontecieron algunas de las adquisiciones más ambiciosas, como los referidos Rockefeller Center o Columbia Pictures. Nomura Securities pronosticaba que el Nikkei llegaría a 80 000 en 1995, y otros medios de prensa predecían un excelente 1990. A finales de año, el director del Banco de Japón , considerado un fantoche del ministerio de finanzas, fue sustituido por Yasushi Mieno, banquero que alardeaba en público de no haber poseído jamás una acción. La misión personal del director Mieno era reventar la burbuja. En Navidades, ordenó la subida de la tasa oficial de redescuento. Cuatro días después, el Nikkei llegó a su punto máximo.

A finales de Enero de 1990, el índice había descendido 2 000 puntos. Mientras el precio de las propiedades seguía en ascenso a principios de año, el director Mieno elevó las tasas de interés otras cinco veces hasta llegar al 6% en Agosto. Con un rendimiento sobre los bonos a corto plazo superior al 7%, en comparación con un rendimiento medio de menos de 0'5% en las acciones, el mercado japonés no tenía con qué sostenerse, y los mandarines del ministerio de Finanzas tuvieron poco éxito al intentar controlar el descenso. El 21 de Febrero el Nikkei cayó otros 1 200 puntos. Un mes después, los "Cuatro Grandes" inversores del mercado, bajo la presión del ministerio de Finanzas, convinieron en no emitir más acciones ni bonos warrant hasta que el mercado se recobrara. Poco después el índice se hundió por debajo de 30 000 por primera vez en dos años y la capitalización de Tokyo quedó por debajo de la de New York. Se ordenó a los corredores que compraran acciones cuando el índice bajó de 20 000 en Septiembre; se ordenó a las compañías de seguros de vida que dejaran de vender acciones; la prohibición sobre la nueva emisión de acciones se extendió; se desviaron fondos de fondos de jubilación pública y cuentas de ahorro postal al mercado de valores; y se introdujeron varias tretas contables para desalentar a los accionistas individuales de vender sus acciones. En un movimiento que se conoció como "el brinco del gato muerto" el mercado revivió brevemente en Octubre, y luego siguió su caída hasta un mínimo de 14 200 en Agosto de 1992, suponiendo un descenso del 60% desde su pico.

Como las autoridades japonesas se negaban a permitir que el precio de las acciones y propiedades se hundiera hasta encontrar su "nivel de despeje", frustraron la capacidad del mercado para despejar sus propios excesos, lo que se llamó "destrucción creativa". En vez de aliviar los problemas, la mala gestión de las autoridades sólo consiguió extender las dolorosas consecuencias de la burbuja. Los textos de economía occidentales ya no estaban llenos de admiración por el sistema japonés y de alabanzas por sus todopoderosos ministerios. Surgieron los escándalos relacionados con la compensación de las pérdidas de los clientes de las cuentas eigyo tokkin, que, aunque oficialmente ilegales, contaban con la aprobación tácita del ministerio de Finanzas. Una vez más, se necesitaba un chivo expiatorio que purgara los pecados de la comunidad. En Junio de 1990, Yoshihasha Tabuchi, presidente de Nomura Securities, tuvo que renunciar por la participación de su empresa en las eigyo tokkin, y fue la primera de una serie de renuncias rituales, destinadas a apaciguar a un público vengativo. En el verano de 1991, el Fuji Bank estuvo implicado en la falsificación de certificados de depósito (notas de crédito) por valor de 260 000 millones de yenes. En la misma época, la señora Nui Onoue, poderosa y temida shinjinrui, fue arrestada cuando se descubrió que había recibido certificados de depósito falsos por valor de 342 000 millones de yenes ( 2 600 millones de dólares) de un empleado de un pequeño banco de Osaka, y había usado los documentos falsos para obtener préstamos del Banco Industrial de Japón. Éste la declaró en quiebra, con lo cual la señora Onoue pasó de ser la mayor inversora privada de Japón a ser su mayor deudora individual, causando de paso la renuncia del presidente del citado banco.

COLAPSO DEL SISTEMA BANCARIO

La economía japonesa se encaminaba hacia una recesión. Un enorme gasto de capital había cargado al país con un exceso de capacidad productiva. El consumo, el otro sostén de la economía burbuja, declinó a medida que el "efecto riqueza" cambiaba de dirección. El Gobierno anunció una serie de estímulos fiscales para alentar la economía y revivir el mercado de valores. La política monetaria se aflojó y la tasa de descuento oficial fue reducida hasta un mínimo del 0'5% en Septiembre de 1995, y permaneció sin cambios hasta Septiembre de 1998, cuando se situó en un 0'25%. Poco después, los bancos extranjeros comenzaron a ofrecer tasas de interés negativas sobre los depósitos en yenes, es decir, los depositantes japoneses pagaban por el privilegio de prestar su dinero a bancos de ultramar, que consideraban más seguros que los propios. Pero las bajas tasas de interés no consiguieron revivir el mercado.

A finales de 1992 los precios de los inmuebles del centro de Tokyo habían caído un 60%. Se cernía una crisis bancaria causada por la excesiva exposición de los bancos a un mercado de la propiedad en descenso (¿les suena?). Loa analistas sugirieron que sus malas deudas podían ascender a 60 billones de yenes (450 000 millones de dólares). El precio de los inmuebles siguió cayendo durante esa década, mientras los comentaristas advertían ominosamente sobre una espiral de deuda y deflación, similar a la de los Estados Unidos en los años 30. En Agosto de 1995, Japón vivió su primer flujo especulativo de la posguerra, cuando los ahorristas retiraron 60 000 millones de yenes de una casa de crédito, Cosmo Shinyo. Poco después siguió Osaka, y el banco Hyogo en Kobe quebró, el primero en medio siglo. Los depositantes aterrados forcejeando por un lugar frente a cajeros llorosos recordaban a períodos anteriores y aparentemente menos estables del capitalismo. A finales de ese año, el Gobierno tuvo que rescatar a varias empresas de préstamos (jusen), cuyas pérdidas de 6 400 billones de yenes (48 000 millones de dólares) se originaban principalmente en préstamos a los yakuza. el 21 de Noviembre de 1997, y después de otras quiebras, Moody's, la agencia norteamericana de calificación de solvencia, redujo su estimación de la deuda de Yamachi, uno de los Cuatro Grandes. Dos días después, Yamachi anunció su clausura, con un pasivo de 3 billones de yenes (24 000 millones de dólares), la mayor bancarrota de Japón. En Septiembre de 1998, Standard & Poors estimó que los malos préstamos del sistema bancario rondaban los 150 000 billones de yenes (1 100 billones de dólares), a pesar de cancelaciones llevadas a cabo con antelación. La contracción de crédito resultante amenazaba con privar a las empresas de capital para trabajar.

LA CRISIS DEL SISTEMA JAPONÉS

Quizá la economía burbuja ilustra ante todo el peligro que surge cuando los inversores creen que el riesgo del mercado es enfrentado por el Gobierno y no por ellos mismos (lo que los economistas llaman el "riesgo moral"). A finales de los 80, los escépticos escuchaban que el gobierno japonés no permitía la caída de las acciones y que los bancos y los corredores eran "demasiado grandes para quebrar". Cuando la burbuja reventó, se reveló que esta creencia era sólo un fuego fatuo que había conducido a los bancoa a su ruina.[...] El sistema económico japonés, con su énfasis en los valores consensuales, estaba destinado a ser diferente del capitalismo individualista de Occidente. A pesar de la revolución financiera global, las empresas japonesas seguían sometidas a un alto grado de intervención burocrática. La economía burbuja mostró que la "fiebre" y el "contagio" de la especulación podían infectar incluso una economía muy controlada, mientras los mercados de capital fueran relativamente libres. Los componentes esenciales del sistema económico japonés -planificación industrial centralizada, guía administrativa, cárteles industriales autorizados, tenencia cruzada de acciones, grupos keiretsu, empleo vitalicio, promoción por antigüedad, elevado ahorro personal, búsqueda largoplacista en vez de rentabilidad cortoplacista- eran cada vez más cuestionados y amenazados por la disolución.[...] Así como las "naves negras" del comodoro Perry pusieron forzoso fin al aislamiento económico de Japón en el siglo XIX, las secuelas de la turbulencia especulativa parecen obligar a este país a converger con el modelo económico occidental.